Las grandes historias se construyen con tenacidad y constancia.
La de Don Rafael Meza Ayau, nacido en Guatemala el 13 de octubre de 1866, se forjó desde muy temprano en medio de circunstancias exigentes. A lo largo de su infancia enfrentó pérdidas profundas y momentos de gran dificultad que marcaron su carácter. En ese camino, tuvo un ejemplo decisivo: su madre, conocida como Mamá Fafa, una mujer firme, trabajadora y profundamente digna, que supo sostener a su familia con esfuerzo, ingenio y una voluntad inquebrantable.
Fue ella quien le enseñó, sin discursos, que la vida se enfrenta con entereza y que el trabajo honesto es una forma de cuidar a los que se ama. Ese aprendizaje silencioso se convirtió en el cimiento de todo lo que vendría después.
A los 14 años, hacia 1880, Rafael dejó la escuela para trabajar en fincas lejanas y enviar íntegro su salario a su madre. Aquella decisión temprana no solo cambió su destino; reveló algo esencial: el trabajo entendido como una expresión de responsabilidad, lealtad y amor.
Antes de existir empresas, ya existían valores.
Antes del crecimiento, ya había carácter.
Ese fue el verdadero origen del legado.